Del director, Daniel Sánchez Arévalo, no había visto nada (algo que, sin duda, tendré que solucionar), pero el trailer me había llamado la atención, parecía que tenía su gracia. La historia, con algunos flashback, transcurre en el tiempo que dura un partido de fútbol con prórroga, concretamente la final del mundial de Sudáfrica. En este tiempo hay una boda entre dos adolescentes que va y viene y muchos líos de familia. Aunque al principio no te terminas de situar en la película, probablemente porque las transiciones no son a las que estamos habituados, en el momento en que logra arrancar te ves metida de lleno. Y es que la gran familia consigue parecer eso, una familia sin demasiadas tonterías. Hay una frase, que no recuerdo del todo bien, que viene a decir que sí, que son una familia rara de narices, pero porque si no lo fueran, si no tuvieran sus locuras, ya no serían una familia.
La imagen, por su parte, es muy cuidada; tiene algunas escenas conscientemente cinematográficas que, sin embargo, no chirrían. Como tampoco chirría el tono unas veces dramático y tierno, que no ñoño, y otras cómico hasta la carcajada.
En resumidas cuentas, ha sido una sorpresa agradable. Es posible que no pase a la historia, su temática y el tratamiento de la misma no tienen un gran compromiso y estéticamente tampoco nos cuenta nada nuevo. Pero tampoco veo por qué hay que pedirle esto a algo que no lo está pretendiendo; como el producto que es y que vende resulta, sin duda, más que notable.